Soy la tercera de cuatro hermanos. Crecí bastante sola — mis hermanos mayores me llevaban muchos años, y la menor, muchos menos. Mi mamá cuenta que me entretenía sola y que no molestaba. Hoy me río de eso.
Desde pequeña aprendí algo sin que nadie me lo enseñara: que destacar era una forma de ser vista. De importar. De que te quisieran.
A los 7 años me invitaron al predeportivo del colegio. A los 9, en mi primera competencia, gané todas las pruebas. Y así empezó todo.
La atleta
Durante años, el deporte fue mi identidad. Era alumna ejemplar, mejor deportista del colegio, capitana del equipo de volleyball, guía de guías en scouts — y en paralelo, entrenaba atletismo de alto rendimiento. Heptatlón, específicamente. A los 16 ya destacaba a nivel internacional. Gané el Campeonato Menor en Manaos con récord del campeonato. Antes había ido a un Sudamericano juvenil siendo menor y salí segunda en mi primera competencia internacional.
La verdad es que en ese momento no dimensionaba lo que pasaba. Simplemente me gustaba hacer deporte, lo pasaba bien, tenía amigos, y cuando competía me iba bien. Además, era reconocida, me pagaban un sueldo por competir y tenía una vida social activa. Lo hacía todo a la vez.
Lo que no veía entonces — y que hoy veo con claridad — es que toda esa máquina de rendimiento tenía un motor que no era solo el amor al deporte. Era la búsqueda de algo más profundo.
Cuando tenía alrededor de 12 años, mis papás atravesaron serios problemas económicos. Yo lo viví muy de lejos, sostenida por el deporte y por los ingresos que desde chica generaba compitiendo. Me acuerdo de una vez que me gané un premio a la mejor deportista de una municipalidad — algo como un millón de pesos de hoy — y se la di a mis papás para que pagaran las universidades de mis hermanos. En ese entonces me dolió. Hoy lo veo completamente diferente.
A los 18 logré mis mejores marcas. A la vez, empecé la universidad para estudiar Ingeniería Comercial. Entrenaba todos los días de 17:30 a 22:00 y luego estudiaba. Muchas veces me quedaba dormida haciéndolo. Terminé la carrera sin reprobar casi ningún ramo — pero ese nivel de exigencia tenía un costo alto.
Afuera parecía disciplina y enfoque. Adentro, era una corredora que no sabía detenerse. El cuerpo gritaba y yo me hacía la sorda. El corazón dolía y yo entrenaba más fuerte para no sentirlo. El foco en la meta era la anestesia necesaria para no detenerme.
Y la pregunta que nunca me hacía en voz alta: ¿quién soy yo si no soy atleta destacada?
El primer quiebre — y la primera libertad
A los 22, agotada, me fui de intercambio a Alemania.
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