Durante miles de años, los seres humanos vivieron en contacto directo con la tierra — caminaban descalzos, dormían en el suelo, trabajaban con las manos en la tierra. Hoy, vivimos permanentemente aislados de ella: zapatos con suelas de goma, pisos de cemento, edificios de vidrio y acero.
¿Importa eso? Resulta que sí, y bastante.
El earthing — o grounding — es el contacto directo del cuerpo con la superficie de la tierra. Y aunque suena a práctica new age, tiene un mecanismo físico concreto y cada vez más respaldo científico.
La tierra tiene una carga eléctrica negativa. El cuerpo humano, especialmente cuando está bajo estrés crónico, acumula electrones positivos — radicales libres que generan inflamación. El contacto directo con la tierra permite una transferencia de electrones que neutraliza esa carga.
Investigadores como James Oschman y el cardiologico Stephen Sinatra han publicado estudios mostrando que el earthing regular reduce los marcadores inflamatorios en sangre, mejora la variabilidad de la frecuencia cardíaca (indicador de salud del sistema nervioso autónomo), acelera la cicatrización y mejora la calidad del sueño.
Un estudio publicado en el Journal of Inflammation Research (Chevalier et al., 2012) mostró que tan solo 30 minutos de contacto con la tierra reducían visiblemente la inflamación en imágenes termográficas.
Para quienes no pueden salir a caminar descalzos en la naturaleza todos los días, los mats de earthing replican ese contacto eléctrico a través de una conexión a tierra del edificio — trayendo el efecto de la tierra al escritorio, a la sala de reuniones, al espacio de descanso de una oficina.
Es uno de los productos más simples y más subestimados que existe para el bienestar laboral.
