Tenía, eso sí, un recuerdo guardado: una fiesta de año nuevo en un campo en los Queñes, hace ya 18 años. Un lugar del que me enamoré entonces — por el estero Pejerreyes, que generaba pozones y pulía sus rocas, por su flora particular y esa combinación de colores que se abrazaban en las montañas. El tiempo pasa. Pero por suerte, para la montaña el tiempo corre distinto. Y mi sorpresa al volver fue alucinante.
Había escuchado que se había creado el Parque Cuenca Andina.
Un portón negro cerrado. Un cartel bonito, sin nada ostentoso ni glamoroso. Un timbre y un número de teléfono. Mucho silencio. Llamé. Me atendieron increíble. Y mientras hablaba, el portón comenzó a abrirse lentamente. El misterio empezaba a develarse.
Avancé los 3 km que separan la entrada de la recepción. Apareció Camila — un encanto. Nos mostró los mapas, explicó los horarios, las reglas del camping, nos mostró las instalaciones.
Cada sitio de camping muy bien pensado, lleno de naturaleza. Elegí el sitio 11 — me lo decidió el túnel de arrayanes para llegar y el rojo profundo de sus troncos. Todos los sitios con mesa, bien ubicados respecto al estacionamiento y al sector común.
El sector común merece párrafo aparte. Una arquitectura sutil, elegante en su propia naturaleza: lavamanos de piedra, pilares de roca, baños impecables con ducha. Hay internet que funciona perfecto en esa zona. Pero en el sector de camping no hay señal — y para mí eso es un regalo, porque me ayuda a desconectarme del ruido. Lo más cautivante, con todo, fue el fogón con su charola de metal para calentar agua. Todo muy auténtico. Muy de campo.
Y a lo que vinimos: adentrarse en la naturaleza.
A pesar de ser junio, la temperatura estaba exquisita. Los senderos, impecables. La señalética, increíble — no solo te indica las rutas, sino también cuánto falta hasta la próxima estación. Un detalle que parece menor hasta que vas con niños y los enanos preguntan cada cinco minutos cuánto falta. Aquí, te lo responde el sendero.
Aunque estás en la séptima región, te adentras en bosques sureños con coigües y tepas. Los chucaos y los rayaditos cantan tan robustamente como en la Patagonia. Y el río — que te acompaña en casi todas las rutas — con su sonido y su ondulamiento es una invitación permanente a detenerse, escucharlo, meterse dentro. Hay varios lugares autorizados para hacerlo, lo que hace la experiencia aún más completa.
El fuego, el agua, el bosque, la montaña, los colores, el viento. Combinados con una arquitectura y una experiencia de viaje que piensa en cada detalle. Un lugar para los campistas y montañistas — digno de conocer, cuidar y volver más de una vez al año. Con familia, con amigos, o para esos que quieren alcanzar cumbres nuevas: hay rutas para todos los niveles.
Gracias, Cuenca Andina, por el lindo regalo de reconexión. Espero pronto volver — y traer gente nueva a descubrirte.
Proximamente; experiencia inmersiva en la Naturaleza - Parque Cuenca Andina
